sábado, 10 de septiembre de 2011

Frozen


Cuánto tiempo pasó desde que me encerré en este púdrido y lóbrego cuarto... sin luz, sin ventanas, sin vida... simplemente, yo. Eh logrado mi cometido, alejarme de todos, alejarme de todo, pero eh olvidado lo más importante... yo misma.

Cómo duele, cómo duele el llegar al punto sin retorno dónde tú mismo te conviertes en tu peor enemigo. Cuando no existe aire que pueda llenar tus pulmones para hacerte retomar la vitalidad, cuando no existe ni una sola partícula de luz flotando en el ambiente para poder devolverle el brillo a tus ojos muertos, oscuros y vacíos... cuando no existe una respuesta a tantas preguntas que circundan en tu cabeza, y no hay más opción que resignarse a vivir en un mundo de rosas marchitas de las cuáles sólo quedan espinas que te penetran dolorosamente cada parte del cuerpo, haciéndote sangrar mientras esa sangre fluye y corre sin rumbo alguno... simplemente para perderse y consumirse en ésta tierra árida y sin vida.

¿Cómo es que llegué al punto de detestarme a mí misma? Más bien... porqué... Quizás, porque tengo miedo de descubrir que la raíz de todos mis problemas, es mostrarme como realmente soy. Tomé el reto de ser siempre yo misma, de mostrar mi verdadera cara, pero olvidé que un reto siempre conlleva inevitablemente a conocer la verdad de algo, y no me preparé para el hecho de que esa verdad fuera desagradable y nada deseada para mí.

Entonces ¿qué hacer? Sólo puedo aceptar mis miedos, porque yo misma me dirigí a éste camino, y sé que así como me equivoqué, habrá muchos además de éste, y seguiré intentando hasta dar con el camino correcto. El que sufre el dolor más profundo también siente la alegría más intensa... Aceptaré mis miedos, porque son los que me han retado para desarollar el mismo coraje que un osado caballero en batalla, y si los venzo, la satisfacción será infinita. Y como un buen caballero valiente y hábil, pelearé sóla, porque la valentía y el conocer la verdad no la aprenderé con la ayuda de nadie, tengo que descubrirla por mí misma, y tampoco me es imperativo tener a alguien a mi lado impulsándome y alientándome. Sé, que podré hacerlo, sola o acompañada.

Quizás, tan sólo quizás, una pequeña ventana de luz y esperanza comienze a formarse dentro de esa habitación cubierta con un tapiz de miedo y recuerdos...
 

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